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Feliz día, mujeres!

jueves, 8 de marzo de 2012  Blog     Derechos Humanos, Mujeres
8 de marzo. Día de la mujer trabajadora. No puedo evitar pensar en Mónica, en Herminia, en Graciela, en Alba. Las conocí hace unas semanas en Colombia, y a través de su voz y sus historias, descubrí la dura realidad de las mujeres que trabajan en el sector floricultor en este país. Colombia es el segundo exportador de flores a nivel mundial. En una industria altamente feminizada, donde los contratos son de corta duración, las mujeres trabajan a un ritmo frenético a cambio de un salario muy bajo, en condiciones insalubres. La mayoría no goza de baja por enfermedad o por maternidad, pocas están amparadas por alguna cobertura sanitaria o de desempleo y aún menos consiguen ahorrar para el futuro. La mayoría de estas mujeres es además cabeza de hogar, y a menudo tienen que dejar a sus hijos mucho tiempo solos en la casa, debido a las largas jornadas de trabajo que deben afrontar en algunas épocas del año. “Las mamás que llevan 20 o 30 años en la flora no conocen a sus hijos, los han criado otras personas porque ellas están siempre fuera. Los niños se crían sin afecto, sin acompañamiento, con responsabilidades de adulto”, me decía Alba, una mujer de Facatativá, en la Sabana bogotana. Según un estudio de la Corporación Cactus, socio local de InspirAction en Colombia, el 82,8% de las empresas dedicadas a la floricultura en Colombia pide a sus empleadas hacerse la prueba de embarazo, atentando contra sus derechos laborales, sexuales y reproductivos. Las enfermedades profesionales que sufren estas mujeres son frecuentes, pero rara vez reconocidas por las aseguradoras. Y cuando alguien quiere reclamar, ¡sorpresa! A veces no saben ni a quién hacerlo. Más del 34 % están contratadas por intermediarios. La supuesta crisis del sector ha sido el argumento, o el pretexto, para justificar la  degradación de las condiciones laborales de estas mujeres. Pero lo cierto es que, aunque sólo en el año 2010 se perdieron 12.000 empleos en las flores, la producción no ha bajado. ¿Cómo lo han conseguido? Imponiendo topes de rendimiento inhumanos, con jornadas en temporada alta de hasta 20 horas diarias. Las mujeres que entrevisté me decían que hablar está tácitamente prohibido. No se debe perder tiempo, por nada. Se acostumbran a no beber apenas agua, para no tener que ir al cuarto de baño. Cuando paran por diez minutos para comer algo, a la una o las dos de la madrugada, lo hacen de pie. Graciela me contaba cómo a muchas se les cae el tazón de caldo de las manos; sus brazos no pueden apenas sostenerlo, entumecidos después de horas de trabajo. “No nos tratan como a personas, nos maltratan para que produzcamos más. Las mujeres traemos la vida a este mundo, somos las mamás, las que protegemos a los hijos, ¡y así nos tratan!”, me decía Graciela. El resultado de esta metodología de producción, para algunos, merece la pena: el crecimiento de la productividad por cada trabajador ha aumentado un 36% en los últimos  años, lo que corresponde en cierta medida a los puestos de trabajo que el gremio ha eliminado paulatinamente. Por supuesto, esta situación no afecta sólo al sector floricultor colombiano. Es una realidad que se vive en otros países. Y sí, estoy convencida de que no todas las empresas en este sector tratan así a sus empleadas. Por eso es importante que cuando vayamos a la floristería, pidamos flores que lleven el sello de comercio justo. Como consumidores, tenemos derecho a exigir que se respeten los derechos laborales de las personas que han producido aquello que compramos. Porque está claro, detrás de la belleza de las flores hay mucho escondido... Feliz día, Alba, Herminia, Mónica, Graciela. Feliz de verdad.

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